jueves, 21 de marzo de 2013

AUTOBIOGRAFÍA

UN SACRIFICIO ENRIQUECEDOR


Aunque hice teatro como actividad extraescolar en Primaria, participando en las obras de final de curso, mi experiencia con la expresión corporal está totalmente vinculada al deporte con el que he ocupado gran parte de mi tiempo. La gimnasia rítmica fue mi vida durante años, desde los 4 hasta los 17, y una gran influencia en mi educación. Paralelamente, con el fin de mejorar nuestros movimientos en la rítmica y aprender a controlar nuestro cuerpo para sacarle el máximo partido, también practiqué ballet. Todo esto me convirtió en lo que soy ahora. Y por ello no me arrepiento de haberme iniciado ni de haberme dejado la piel en cada entreno, en cada exhibición, competición y control técnico.

Sé que bajo el punto de vista de muchos es un deporte mal visto, poco sano e incluso dicen que cruel. Claro está, la gran mayoría tan solo lo ven desde fuera y se escandalizan con lo que se cuenta sobre el sacrificio que requiere, la gran cantidad de horas de entrenamiento, de desgaste físico, de control de alimentación, etc. No hay que olvidar que cualquier deporte de competición en el que se alcanza un alto rendimiento deja de ser un simple hobbie para convertirse en un trabajo en el que has de tener plena dedicación.

Recuerdo miles de momentos en los que, a mí y a mis compañeras, el cansancio nos podía, los comentarios de nuestras entrenadoras nos ofendían, nos derrumbábamos... Pero siempre volvíamos a levantarnos. Ese es uno de los muchos valores que me ha transmitido la rítmica y que aprecio poder volver la vista atrás y recordarlo con orgullo. El afán por superarse, por seguir adelante siempre, costara lo que costara. El apoyo incondicional de familiares, amigos y compañeras, el vínculo que se crea con éstas y con las entrenadoras, de respeto, humildad, seguridad, fuerza... Aquellos que nos hemos dedicado en cuerpo y alma a algún deporte hemos adquirido un noción de determinación, consideración, responsabilidad que quizá otros logren adquirir con los años, pero no a tan temprana edad. Este tipo de valores no se aprenden sin presentarse adversidades, sin obstáculos que saltar ni balas que esquivar. No todo ha sido de color de rosa, pero considero que vale la pena.

Uno de los momentos más duros pero a la vez más entrañables que recuerdo fue el campeonato de España de conjuntos de 2004, celebrado en Gijón. Mi entrenadora se rompió la cadera pocas semanas antes. No podía venir a entrenarnos y todo el mundo se vino a bajo. Recuerdo cómo nos reunimos mis cuatro compañeras y yo y nos prometimos que seguiríamos adelante, que entrenaríamos duro solas, por nuestra cuenta y lo bordaríamos. Y así lo hicimos. Días antes del nacional, nuestra entrenadora nos hizo una visita para ver el resultado y... lloró. Conscientes de lo exigente y severa que era siempre, aquello nos emocionó mucho. Aquel campeonato fue mágico. Nos esforzamos al máximo por nosotras mismas y en honor a nuestra entrenadora que no pudo acompañarnos. Recuerdo que se quedó muda al recibir mi llamada de teléfono: habíamos quedado campeonas de España en nuestro primer campeonato en Categoría Junior. Con tan solo 13 y 14 años, obtuvimos plaza en Categoría Élite, compitiendo contra chicas que doblaban nuestra edad.

Mi club de rítmica, el Club Mabel de Benicarló, ha mantenido siempre una línea bastante regular en cuanto a sus montajes. Tanto su fundadora Manola como su hija Blanca, han querido conservar ciertas características de calidad en todas las gimnastas que por allí hemos pasado. La elegancia ha sido uno de nuestros puntos fuertes, la buena ejecución de los movimientos, acabar los ejercicios con sutileza y de manera amplia, con ondulaciones de manos y expresividad no exagerada en los rostros.

En definitiva, asumo todo lo que ha significado para mí este deporte, tanto lo bueno como lo malo y los recuerdos seguirán dejando huella en mí: las lesiones, las caídas, los cumpleaños, excursiones y fiestas que me he perdido, las noches en vela, los nervios, las decepciones... Pero también mis logros, las caras de mis compañeras cuando subíamos al pódium, las lágrimas de mis entrenadoras, los gritos de nuestros padres y amigos, el sonido de los aplausos, la emoción contenida y el quedarme sin aliento por segundos... No lo cambiaría por nada del mundo.  


BEATRIZ VIDAURRETA ROMERO



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